El deporte como sabiduría

Ya son casi 30 años ligado a la actividad física en la cual desde muy niño me hizo buscar mi identidad, pasando desde futbol, básquetbol, ciclismo, maratón, tenis, tenis de mesa, hasta el ajedrez. Siempre buscando el deporte que me hiciese sentir lleno de espíritu. Pensando siempre que debía ser más fuerte, más rápido, más ágil y hábil, pensando por instinto que eso era lo que representaba el ser deportista, con un padre detrás gritando “levántate solo, no te enseñe a ser débil”. Años practicando y practicando para ser mejor en lo que se me desafiara, hasta que encontré el levantamiento de pesas. Veía a unos monos gigantes moviendo unos fierros con una toneladas de ruedas a los lados. Los veía sufrir en cada repetición, gritando del esfuerzo, y desde su frente afloraban una venas inmensas, con unos ojos inyectados casi sobre-orbitados. Lo primero que pensé fue “yo puedo hacer eso”, por lo que me metí y fui a mi primera clase.

¡Horrible! Juraba que el deporte era simplemente levantar peso, sin embargo no lograba entender ningún movimiento. Intenté mil formas para comprender ese movimiento llamado Arranque (Snatch), pero no hubo caso, simplemente no podía. Así, el entrenador de ese entonces me grita desde una esquina “ahí no mas compadre, no siga, aquí quedan solamente los buenos”. Acto seguido, mi súper ego se fue por el piso, con esa sensación de frustración, de dolor en el pecho, a tal punto de llegar llorando al frente de mi padre.

Pasaron dos días, aparecí de nuevo en la puerta de ese cuartucho de 4x4 en donde entrenaban. Con vergüenza pero pase igual, fui y le pregunté a ese profesor que me humilló, qué era lo que debía hacer. Riendo de manera un poco burlesca me dice “ahí tienes un palo de escoba, dale y practica”. Nada que hacer, con un palo de escoba aprenderé, pero no me iba a rendir. Pasé dos meses con un palo de escoba, practicaba y practicaba, observaba a los que ya competían a nivel nacional para entender cómo se debía levantar. Iba a los recreos, llegaba a la casa y agarraba la escoba de mi mama y seguía, obsesionado con mostrar que yo si podía, y que ese profesor se equivocaba.

Hasta que un día me dejó probar el movimiento con la barra. Fui con toda emoción a levantar esa barra de 20 kilos. La tomé, me preparé, dos meses repasando el mismo snatch por lo que obvio que me saldría perfecto. ¿El resultado? Lo único que recuerdo es que salí volando de poto hacia atrás y la barra volando hacia adelante escandalosamente fuerte y todos riendo.

¿Frustración? Nada, simplemente caí en risa, qué mas iba a pasar, solo debía intentar una vez más, solo era el nerviosismo de la primera vez. Así seguí y pasé otro mes más probando pesos, buscando seguir mejorando, cuando llega el segundo entrenador que en ese entonces no tenía la más mínima idea de que era el campeón panamericano de halterofilia. Yo solo veía a un caballero con un montón de ropas rotas y vendas zurcidas que trataba de levantar. Vio que aún era joven, por lo que me dijo “Tienes muchos años para poder trabajar esto, no lo dejes” y ese día entrenó conmigo en mi misma tarima. Fue maravilloso que alguien como él quisiera estar junto a mi entrenando.

Al pasar ese mes llegó mi primera competencia, en dónde lo más difícil fue pararse en ese escenario, solo, con una barra y un par de kilos. No paraba de temblar entre vergüenza, timidez y miedo, con la presión del reloj indicando el tiempo que me quedaba para hacer el levantamiento. Lo intenté, pero de nuevo me lanzó al piso. Cambié mi actitud en el segundo intento, me convencí de que podía hacerlo, y así lo hice. Lo que no gané en premios y medallas, lo hice en experiencia. Luego de ese momento vinieron muchas más competencias, algunas ganadas otras perdidas y el Campeonato Nacional Infantil.

Con toda la fe, lleno de esperanza y luché con todo lo que creía podía tener, hasta el último intento. Sorpresa, por primera vez era campeón de algo, todo eso desencadeno una pasión y determinación por lo que hacía. Fui becado, nombrado uno de los 10 mejores de Chile de esa generación, transformando mi vida entera, siendo completamente distinto a esa persona que vi entrar por esas puertas. El deporte me cambiaba la vida, me daba la oportunidad y posibilidad de surgir en la vida, de salir del círculo que conocía en ese entonces, donde los escasos recursos ni siquiera te daban para pensar en poder estudiar.

Luego de 20 años dedicado a este mundo del levantamiento de pesas, puedo decir que el objetivo real del deporte se encuentra aquí adentro, entre el ego y el orgullo, entre la pena y la frustración, ahí entre medio de todos esos sentimientos que nos guían en la vida. Ese objetivo es la felicidad, es la alegría, es la satisfacción de amar con ese latido en tu corazón, es el aprender de la voluntad, es entrenar la paciencia, es aprender de valores, de respeto hacia quien se esfuerza. Es luchar, pero con la mente, por que la única manera de lograr ese éxito, es tener la mente tranquila, lleno de correctas emociones en el momento exacto. Es recopilar experiencias, acumular sabiduría, alimentar tu vida de desafíos, de propuestas, de locuras.

"Quien quiera ser bueno, o quien quiera lograr algo grande en la vida, será aquel que aprendió a jamás rendirse, aquel que siempre tendrá la fuerza para volver a estar en pie."

Ser deportista es tener la sabiduría practicar con paciencia, es entender que nadie nace siendo bueno y que de a poco se va aprendiendo. Tal vez ese sabio entrenador te gritará que no puedes, y te castigara dejándote con un bastón en una esquina, o un padre alucinado se dedicará a hacerte duro. Todo para darte cuenta que quien quiera ser bueno, o quien quiera lograr algo grande en la vida, será aquel que aprendió a jamás rendirse, aquel que siempre tendrá la fuerza para volver a estar en pie.


 

 

Escrito por Javier González, Coach Acción Strength.